La pesadilla

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  • Venres 21.11.2008

La pesadilla


Etiquetas: Arturo Ruibal, Zapatero, Rajoy, UPN, PP, Monarquía

Arturo Ruibal.

Anoche soñé que vivía en España. Era un país raro, lleno de sinsentidos, de gente que me contaba extrañas historias. Una pareja, por ejemplo, se quejaba de que Fadesa no terminará el piso que ellos habían comprado, pero que legalmente deben continuar abonando las letras como si la obra no se hubiese detenido para siempre. Me restregué los ojos para confirmar que efectivamente soñaba, que no era real semejante dislate, pero me arrancó de mi estupor un dirigente del PP que prefería mantener su anonimato; el hombre me aseguraba que su partido ha decidido boicotear los hoteles AC, de Antonio Catalán, porqué éste, muy amigo del presidente de Navarra, había influido en que UPN y el PP se distanciasen.

Fuera o no verdad esto, ¿no resultaba demasiado infantil un boicot y la búsqueda de socialistas que viviesen de gorra en esa cadena hotelera? Ver a Rajoy ocultarse bajo las camas para averiguar quién pide champán a cuenta de la casa puede ser emocionante, mas también triste; no descarto que encuentre lo que busca, desde luego, pero tanto esfuerzo merecería una causa más noble.

Me presentaron a una chica muy alta, guapa y de hermosas piernas, creo que modelo profesional: se llamaba Carla. Por ella supe que Zapatero, en su última visita a Nueva York, se reunió con el consejo editorial del N.Y. Times y les confió que “en caso de que gane Mc Cain temo que vuelva la guerra fría”.

Los presentes, asombrados, trataban de evitar la risa; como Medveded, ante quien días después repitió sus temores. “Con lo buen concejal de León que hubiese sido, me decía Carla, ¿por qué la vida le ha empujado a esta vorágine que no entiende?” Dichosa Carla, que no se separaría de mí en todo el sueño y me contaría, admirada, que muchos amigos suyos, todos jóvenes, venden su semen por treinta euros al mes para inseminación artificial.

Los sueños sueños son, decía aquél Pedro que escribía teatro. En el mío era yo arrastrado hasta un café donde antaño se reunía gente de la prensa, y un superviviente, momificado en su asiento habitual, me dijo que nada es lo que era, que hasta El País, empujado por la crisis publicitaria, intentaba reducir sus costes de personal y daba palos de ciego tan llamativos como el destierro de Soledad Gallego-Díaz, apartada de sus tareas directivas para marchar a la corresponsalía de Buenos Aires, o el cese de Mariló Ruiz de Elvira como jefe de Internacional. “¡Si los nuevos no saben qué era la Unión Soviética!” Claro, amigo, pero la renovación, en ocasiones para mejor y en otras para peor, casi siempre para redescubrir lo ya descubierto, es la base de la vida, esa ilusión. La pérdida de rumbo del medio que ha sido la referencia de nuestro periodismo guarda relación con que Polanco Jr. No es, ni de lejos, su padre. Allá ellos.

Era medianoche cuando Manolo, mi amigo psiquiatra, nos llevó hasta Moncloa, donde Zapatero cantaba un aire leonés con los miembros de su gabinete. Le pregunté cuando pensaba entrevistarse con Rajoy para hacer frente a la crisis económica y me respondió que “cuando nuestras agendas lo permitan”. Ah, claro, es más importante jugar a baloncesto o un mitin en Argamasilla que afrontar la crisis. Los políticos norteamericanos son despiadados en política exterior y corruptos en la interna, pero ahí los tienes, reunidos continuamente, discutiendo salidas a la crisis y de paso mostrando al mundo que la división de poderes existe, que el Congreso puede tumbar un acuerdo del Presidente con los líderes de ambos partidos, al menos hasta que lo corrijan.

Algo que nunca ocurriría aquí. Manolo me pedía calma mientras Zapatero sonreía a Carla y los del gabinete bailaban ahora sevillanas. ¿Qué hago aquí, me preguntaba yo, mientras los ricos acumulan en sus cámaras acorazadas lingotes de oro por miedo a cualquier inversión y los bancos te ofrecen fincas, pisos, barcos, cuyos propietarios no han podido pagar sus créditos? El país va directo a la bancarrota y los gobernantes dedican su tiempo a cantar aires de la tierra. Menos mal que nos queda el pueblo, siempre imaginando remedios: el ministro Sebastián debería aprender de un tenderete del Rastro que vende unas bolsitas de lana para abrigar los testículos. “¡Mejore su semen con mis bolsitas mágicas, y de paso ahorre calefacción!”, pregona el tipo agitanado que lo regenta. ¿Habría que regalarle unas a Rajoy, ya superado en valoración por Rosa Díez, según encuesta reciente?

Toda la vida es sueño. ¿También que Urdangarín cobra anualmente de Telefónica unos trescientos mil euros por acudir a consejos de administración, que entre otras aventuras es consejero de la editorial Motorpress Ibérica y forma parte del Comité Olímpico? En cambio su esposa, ya veis, no llega a los doscientos mil por su trabajo en La Caixa. ¿Podrán sortear la crisis sumando lo de ambos?

Menos mal que el Gobierno, tan socialista, ha aumentado un 2,7% el presupuesto de la Casa Real y algo les tocará; no es seguro, pues escrito está que el Rey distribuye a su gusto esa cantidad, ocho millones novecientos mil euros, sin que nadie pueda fiscalizarle.

Entiendo que os parezca poco dinero, insignificante para gente de tanta alcurnia, pero tranquilizaos: el mantenimiento de los palacios que ocupa la Familia Real corre a cargo de Patrimonio Nacional, que también paga sus vehículos; Hacienda abona el combustible de éstos y el Ministerio de Exteriores los viajes por esos mundos. En realidad los casi nueve millones de euros son para caprichos y para guardar, que los tiempos están duros y hay que ser previsores.

Mi sueño terminaba en el Prado, donde Rembrandt exponía cuarenta obras, alguna tan hermosa como “Betsabé”, que pertenece al Louvre. Un fascinante recorrido por la condición humana, genialmente retratada. Un placer interrumpido al pisar de nuevo la calle. Madrid es ahora mismo un callejón sin salida.

05/10/2008

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